Artículo publicado en La Nueva España, edición de Avilés, el día 8 de octubre de 2009.

Dice el ordenamiento jurídico de nuestro país que a los dieciséis años debe suponerse de un joven la madurez suficiente como para tomar decisiones de manera autónoma y responsable. El sistema educativo, sin ir más lejos, se asienta en este axioma. Así, la Ley Orgánica de Educación se marca como objetivo que a esta edad uno sea capaz de “desarrollar el espíritu emprendedor y la confianza en sí mismo, la participación, el sentido crítico, la iniciativa personal y la capacidad para aprender a aprender, planificar, tomar decisiones y asumir responsabilidades”.

En armonía con el sistema educativo, la legislación del trabajo permite a los jóvenes a partir de los dieciséis años iniciar su vida laboral. Nada impide a un menor de edad subirse al andamio o enrolarse en las Fuerzas Armadas. Y nadie niega que la posibilidad de tomar una elección así conlleve adquirir muchas y muy serias responsabilidades, pero la sociedad tiene la convicción, al igual que el Estado, de que un chaval de dieciséis años es suficientemente responsable. A la vista está de todos que no hay ningún escándalo por ello.

Yendo más allá, incluso hay fuerzas políticas que apuestan por adelantar la mayoría la de edad civil a los dieciséis años. Tal caso es el de Juventudes Socialistas, que históricamente lo ha revindicado. Aunque sólo sea una cuestión de armonía legislativa, y no por una profunda convicción de que, ciertamente, a los dieciséis años se debería tener una plena capacidad de obrar, que también. No son ajenas a la sociedad, tampoco, aquellas voces del Partido Popular que pretenden adelantar la mayoría de edad penal.

Partiendo de estos razonamientos, no es comprensible asumir el acceso a las bebidas alcohólicas para los menores de edad mayores de dieciséis años como un problema de salud pública que tutelar. Una legislación más restrictiva que la actual, que permite a estos menores únicamente el consumo de bebidas con una graduación alcohólica menor de dieciocho grados, supone escalar un paso más en la pirámide de la hipocresía. No se puede normar ni gobernar con paternalismo y sin eficacia en atención a un debate propiciado por los medios.

Un joven es capaz de elegir si tomarse una copa de vino o un culín de sidra a los dieciséis años. Y lo hace con la misma responsabilidad con la que, en su caso, podría firmar un contrato de trabajo, conducir un ciclomotor o, hipotéticamente, votar o ir a la cárcel. Como es lógico la Administración Pública debe preocuparse de transmitir la información necesaria sobre las consecuencias de ingerir sustancias potencialmente nocivas, pero en ningún caso debe sustraer al joven su posibilidad de elección. No hoy, cuando la información sólo se ve limitada por la voluntad de uno mismo.

Negando pues, que la ley deba ser modificada con un afán aún más restrictivo, se desmonta también el argumento de aquellos que pretenden escudarse en ello para tratar de erradicar los botellones. Cualquiera diría, a la luz de lo que dicen los que pretenden sembrar el alarmismo, que los jóvenes asturianos nos pegamos a la botella en el destete. No es cierto, y a la experiencia me remito, que esté extendida la presencia de menores de dieciséis años en los botellones. Decir lo contrario conlleva, además, juzgar como generalizada la irresponsabilidad de muchos progenitores.

Ni siquiera se puede decir que se produzca una ingesta de alcohol desproporcionada toda vez que en la alternativa, los bares y discotecas, se consume lo mismo a un precio mucho menos razonable y con una calidad que me permito poner en entredicho. Lo jóvenes entendemos el botellón como una actividad lúdica propia de nuestra cultura. No nos reunimos en parques y plazas al único propósito de beber, buscamos divertirnos con amigos y conocidos mientras tomamos una copa. El tópico “no nos comprenden” se torna en realidad.

Y es que, hasta que quienes nos gobiernan no entiendan esto, muchas corporaciones seguirán buscando sustitutivos al botellón en forma de guetos donde reunir a los jóvenes con el objeto de evitar quejas vecinales. La última en Gozón. Cuatro talleres ñoños no constituyen alternativa alguna, más bien son una excusa para lavarse las manos. Si es que queremos hacerle algún bien a la juventud dejémonos de pamplinas y lamentos; garanticemos un espacio céntrico donde hacer botellón con seguridad e higiene, en un lugar donde puedan convivir los derechos de jóvenes y vecinos, y con un servicio público, el de limpieza, que recoja los residuos que –como es lógico y no escandaloso– se generan.

Leave a Reply