Olvido

11/09/2009

Dicen que el olvido es una buena medicina para obviar el dolor. Dicen, también, que es malo vivir el en el pasado. La verdad es que tan despreocupadas creencias no dejan de parecerme injustas para con nuestra historia. La de España como pueblo, digo. Nadie tiene derecho a moldear nuestro pasado a su gusto, nadie tiene derecho a pretender cambiar el recuerdo de lo que antaño pasó. Y eso, exactamente, es lo que muchos intentan hacer con la Guerra Civil.

Condenar los crímenes de ambos bandos durante la Guerra Civil está bien, pues al fin y al cabo no dejan de ser barbaries perpetradas en un contexto que, no por ser fruto del artificio humano, apela a la humanidad de todos los partícipes en él. Pensar, sin embargo, que de la Guerra Civil ambos bandos tuvieron un grado idéntico de autoría, es caer en un error tremendo fruto del proceso de aculturización que los materialmente ganadores –e ideológicamente derrotados— impusieron durante décadas. Y resulta que ahora se pretende una política de borrón y cuenta nueva.

Porque es bueno contemplar el fenómeno desde un espectro meramente político, pero no hay que olvidar su aspecto sociológico. En su día millones de obreros explotados y estigmatizados a lo largo de los siglos con una historia de penurias sociales y tragedias provocadas, manifestaron lo que deseaban mediante las urnas, y estas decidieron democráticamente que fuese el Frente Popular quien gobernase España. En las calles los estallidos de júbilo entre las clases populares fueron masivos y, pese a los intentos de Gil Robles, Calvo Sotelo y Franco para dinamitar el nuevo Gobierno, la izquierda, unida, pudo finalmente formar Ejecutivo.

Lejos de ser un Gobierno revolucionario, los sucesivos equipos de Azaña lanzanron un programa para y por el pueblo y, además, con el pueblo. Concesión de amnistías para los represariados por Octubre del ’34, restablecimiento de la Constitución de 1931, recuperación de la legislación tirada abajo por el Gobierno radical-cedista, reforma de la educación y de la agricultura… Como es natural, no a todo el mundo les gustó el programa de Gobierno. La derecha reaccionaria y terrateniente, las élites eclesiásticas más preocupadas por retomar su poder político que de las cuestiones de fe de sus creyentes o los políticos nostálgicos de un régimen militarista, católico y autoritario distaron mucho de estar de acuerdo, ¡y vaya si lo demostraron!

Porque ahí empezó la guerra, con una violenta oposición al Gobierno democráticamente instituido por el empuje popular. Una oposición que comenzó con un pronunciamiento militar y terminó en Guerra Civil. Por mucho que perversos personajes quieran vendernos lo contrario, la Revolución del ’34 no guarda relación con el comienzo del conflicto. Y en ese supuesto, nada hay que nos impida retrotraer el comienzo de la guerra a la Sanjurjada, donde parte de la derecha reaccionaria ya demostró hasta donde estaba dispuesta a llegar para hacer cumplir su voluntad.

No pretendo realizar con esto ninguna actividad pedagógica; no tengo ninguna autoridad para ello. De todos modos, recuperar el norte, cuando parece que la sociedad lo está perdiendo, es bueno. No dejemos que la autoría de lo que ocurrió caiga en el vacío ni se diluya entre interesadas voces, no dejemos que el olvido impuesto nos suma en la apatía, la Guerra Civil tienen nombre y apellidos. Restituyamos la memoria de quienes perecieron luchando por una democracia.

One Response to “Olvido”


  1. La política de borrón y cuenta nueva tuvo su “parte positiva” en esa España transitiva, jóven, inexperta y muy quebradiza. Con los años hemos ganado en derechos y en deberes.

    Los derechos han reforzado de manera considerable la estructura sociopolítica, han dado al pueblo razones más que de sobra para abrazar la democracia y han funcionado como un potenciador anímico para la parte indiferente de la población para que, tras vivir imbuida en un régimen obsoleto e injusto, sepan por qué luchar.

    Y en esa lucha entra la segunda parte de lo donado a la sociedad en la transición, los deberes. Y no hay mayor deber que, ahora desde la barrera, reconocer la injusticia, pues, a mi modo de ver, resulta necesario para seguir reforzando el camino democrático. Una sociedad que no reconoce escrupulosamente los horrores y las injusticias pre-democráticos, no se sonstiene sobre una base de confianza y legalidad del Estado.


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