En breves se hará efectiva la subida de impuestos ya aprobada este viernes en Consejo de Ministros. Se trata de una subida en los impuestos especiales, más concretamente en los gravámenes sobre los hidrocarburos y las labores del tabaco. Me parece bien. Es importante que en momentos de recesión, donde la desconfianza de las economías domésticas reduce el consumo y las pocas expectativas empresariales desincentiva la inversión, deba ser el gasto público el que asuma un rol protagonista en la economía estimulando la producción. Y el gasto público debe financiarse, entre otros medios, a través de las subidas fiscales.

¿Qué es impopular? Pues sí, un rato. ¿Qué es lo que se debe hacer? También. Me quejaría, sería el primero en salir a la calle, si se hubieran aumentado los tipos del IRPF para las rentas bajas o si se aumentara el IVA en bienes de primera necesidad. Pero no ha sido así. El Gobierno ha aumentado dos impuestos que no tienen un gran impacto en la economía de las familias, al ser bienes accesorios. El impuesto sobre las labores del tabaco está gravando los vicios de quien quiera fumar; el que hace lo propio con los combustibles, lo hace previa consideración de que existe una alternativa llamada transporte público, sustitutivo y más barato.

En los países nórdicos la presión fiscal alcanza un 50 por ciento. En España está en el 35. Si queremos tejer un buena red de protección social y servicios públicos, prioridad en tiempos tan difíciles como los que enfrentamos, es necesario que desterremos esa vieja idea, que Aznar asentó en 1996 en la mente de muchos españoles, y que predicaba que los impuestos son malos porque restan riqueza a la gente. Nada más lejos de la realidad. La próxima vez que visitemos el hospital, que llevemos a nuestro sobrino al cole, que echemos una pachanga en el poli de nuestra ciudad o vayamos a la uni, pensemos quién paga todo eso.

Todos esos servicios, y muchísimos otros, bien merecen pagar impuestos. En El Salvador o Haití la presión tributaria ronda el diez por ciento. Seguro que los ciudadanos pagan proporcionalmente muchísimas menos cargas. ¿Preferimos los estándares de vida en El Salvador o los de España? ¿Existe idéntico bienestar? Fácil respuesta: no. El IDH en Haití es de 0,521; en España lo es de 0,949. Y aunque la comparativa entre impuestos y desarrollo humano no sea del todo correcta, sí que refleja una tendencia: los países con menor bienestar registran los niveles fiscales más bajos.

Además, como decía la Ministra Salgado, si aunque no recaudemos más, con la subida de impuestos logramos desincentivar el consumo de tabaco, eso que ganaremos en salud (y ahorro sanitario). Si logra disminuirse el uso de vehículos y con ello las emisiones, eso que ganará también el medio ambiente.