El toro enmaromado
11/06/2009
Atar un toro por los cuernos con una soga y arrastrarlo por todo el pueblo en medio de una multitud. Eso es todo lo que se necesita en Benavente para montarse una fiesta. No hay nada más castizo, supongo. Y el festejo no se queda sólo en el pueblo. Cuando la tortura se convierte en fiesta de interés nacional, algo va mal en nuestra sociedad. Y no soy ningún purista. No me parece mal que se maten animales cuando medie una buena razón para ello: investigación médica, alimentación o producción textil son buenos ejemplos. Los que me conocen saben que no tengo mayor inconveniente en comerme una buena chuleta de ternera, de cerdo o de lo que se tercie.
El problema viene cuando se convierte en espectáculo el sufrimiento animal. No entiendo que podamos regocijarnos viendo como un animal es torturado. El «panem et circenses» romano se quedaría corto en la España profunda. El otro día, compartiendo mesa electoral con dos señoras y un chaval –muy agradables—, salió el tema del toreo y sucedáneos. “¿Pero en qué se diferencia matar un toro de matar conejos o gallinas, como toda la vida se hizo?”, se preguntaba una de las señoras. La respuesta no puede ser más fácil: el propósito de esa muerte. La crueldad con la que es torturado y sacrificado un animal para regocijo de una masa extasiada por el subidón de adrenalina o que espera ver en el sadismo un arte. Llamar tauromaquia al toreo es un despropósito.
Es curioso lo hipócritas que somos. Una banda formada por un hombre con una espada, un jinete con lanza y varios mozos con banderillas se enfrentan a un toro y decimos de ello que es el “noble arte del toreo”, “la feroz lucha entre el hombre y el animal”. Hay que joderse. Por lo menos harían bien llamándolo cacería y no lucha. Luego resulta que prohibimos las peleas de gallos, donde realmente sí que se enfrentan dos seres en igualdad de condiciones –por repugnante que siga siendo–.
La tradición ha justificado demasiadas cosas. Ya va siendo hora de que alguien se deje llevar por la ética y la razón, y mande las tradiciones a freir espárragos.




